Top

Me sedujo mi suegro

May 3, 2008

Mi suegro se apoderó de ellos y comenzó a besarlos y chuparlos de manera exquisita mientras yo gemía de placer y excitación. Estuvo chupando y mordiendo mis pezones durante un rato mientras yo sentía que mi concha se derretía, y su bigote no rasurado me rozaba constantemente incrementando las deliciosas sensaciones en mis pezones.
Nunca pensé que me pasaría esto, y mucho menos que lo escribiría. Pero hace poco tiempo descubrí su maravillosa web y me siento en necesidad de devolver algo de lo que he recibido a través de ella, y tal vez también la necesidad de comunicar las experiencias que he tenido.

Empezaré diciendo que soy una chica gordita, pero me doy cuenta de algunos me consideran atractiva. Tengo 28 años, mido 1.52 y peso 67 kg. No soy bonita, pero tengo una carita simpática. Los hombres han admirado sobre todo mi boca y mis ojos café claro. Mi cabello es negro, lo uso largo un poco debajo de los hombros y lo cuido bastante. Tengo buenas piernas y bien macizas; mi colita no es precisamente mi punto fuerte, pero como tengo buena cadera (y un poquito de cintura, a pesar de mis varios kilitos de más), cuando me agacho o me pongo un pantalón o falda pegadita, mis nalguitas parecen más grandes y redonditas de lo que en realidad son. Lo más atractivo de mi cuerpo son mis grandes senos de 103 cm, con pezones grandes y oscuros que se ponen muy duros y erectos tan pronto como me excito.

Estoy casada desde hace un año con un hombre al que quiero muchísimo. Lo malo es que aunque ambos somos muy ardientes y querendones, somos aún más enojones. Tenemos un carácter muy difícil. Cuando nos enojamos hacemos y decimos cosas de las que luego nos arrepentimos y los corajes nos duran mucho tiempo… claro que las reconciliaciones son igual de apasionadas. Hacer el amor 7 u 8 veces al día no es nada excepcional para nosotros. Fue con él con quien verdaderamente empecé a disfrutar el sexo.

Yo había tenido ya varios novios antes de conocerlo y me fui a la cama con algunos de ellos, pero salvo algunas ocasiones (en realidad, me bastarían los dedos de una sola mano para contarlas), nunca pude quedar a gusto con lo que sentía. Con él comencé a sentirme verdaderamente mujer y a ser consciente de mis encantos. La relación sería perfecta si no fuéramos tan enojones ni tan sentidos. Fue precisamente en uno de esos episodios de enojo muy fuerte donde empezó esto que les voy a contar. Le fui infiel a mi marido (aunque antes y sin que yo supiera él ya me había sido infiel a mí), y fue con la última persona que me hubiera imaginado: mi suegro.

Todavía me asombra cómo se dieron las cosas. Estoy segura que de no haber ocurrido la pelea que tuvimos jamás hubiera engañado a mi marido. Pero desgraciadamente encontré mensajes sospechosos en su celular. Él no me dio explicaciones muy convincentes al respecto, en buena parte porque estaba bastante alterado por un incidente de su trabajo y también porque estaba extremadamente cansado por sus “actividades” de los días anteriores. Lo malo es que yo resentí mucho el tono de voz con que me contestó y acabamos gritándonos y diciéndonos cosas muy feas que no vienen al caso platicar.

Estuvimos casi todo el día sin hablarnos, pero teníamos cita para ir a comer con unos amigos en la tarde. Sin mucho entusiasmo y dirigiéndonos apenas la palabra acudimos a la cita, pero a última hora ellos cancelaron. Salimos del restaurante e íbamos caminando con intenciones de tomar un taxi e irnos a nuestra casa, pero la tarde estaba fresca y preciosa, y yo sentí muchos deseos de caminar un rato. Tragándome mi orgullo, le propuse a mi esposo caminar un rato por el bulevar. Él casi siempre me da gusto, pero esta vez alegó que estaba muy cansado y que quería irse a dormir temprano. Esto me extrañó y me molestó bastante, porque su cansancio jamás ha sido impedimento para nada, y menos para pasear o hacer el amor conmigo.

Empezamos a discutir, y la cosa hubiera ido a mayores de no ser porque en ese momento ambos sentimos una mano sobre nuestro cuello y escuchamos una voz grave y clara: - ¿Por qué se pelean, muchachos? Al voltear vi a mi suegro, que es un hombre alto, más o menos delgado y con cierto atractivo. Él y yo no nos llevábamos muy bien hasta ese día (aunque eso iba a cambiar radicalmente en unas horas), pero lo saludé con la cortesía que correspondía. Mi esposo lo hizo muy efusivamente y se puso a platicarle la situación. Extrañamente, mi suegro se puso inmediatamente de mi lado: - ¡Ay hijo! ¡No seas aguado, lleva a pasear a tu mujer! Si quieren, yo los acompaño un rato.

Y empezamos a caminar los tres. Al principio mi suegro caminaba al lado de mi marido y ellos platicaban, pero él trataba de incluirme en la conversación y poco a poco me fui poniendo a tono con la situación. Mi marido hablaba poco y verdaderamente parecía cansado y enfurruñado. Muy poco tiempo después mi suegro y yo platicábamos animadamente, como nunca antes, y en un momento en que mi marido se detuvo a arreglarse la agujeta de su zapato, vino a quedar en medio de los dos. La plática y la caminata siguió, pero yo empecé a notar que mi suegro me veía con mucha insistencia.

Aquél día llevaba un pantalón pescador negro ajustado y una blusita sin mangas. Las prendas resaltaban muy bien mis piernas, mis nalgas y mi busto, y era a esas partes de mi cuerpo precisamente a donde se dirigían sus miradas. Y yo, que ni ese día ni el anterior había recibido mi ración de “carne”, me sentí bastante cachonda al darme cuenta. Y más porque recordé que mi marido me había dicho alguna vez que a él le hubiera gustado que su pene fuera del tamaño del de su padre: unos 19 cm.

La verdad es que esos pensamientos me hicieron avergonzarme un poco de mí misma, así que intenté alejarlos de mi mente. Pero yo me había ruborizado un poco, y según me dijo después mi suegro, esa fue una señal que le indicó que yo no sería indiferente a sus insinuaciones. Él se había percatado perfectamente de que las cosas no iban bien entre nosotros en ese momento, y comprendió que podría ser mucho más atrevido conforme se le presentaran oportunidades.

Pronto nos sentamos a descansar un momento. Mi marido dijo que tenía ganas de un raspado, e inmediatamente lo fue a buscar. Yo y mi suegro nos quedamos un momento sentados platicando. Comentábamos que yo había empezado a hacer ejercicio y que me sentía mucho mejor que antes, e incluso que sentía mi cuerpo más firme y había empezado a bajar un poquito de peso. Mi suegro me dijo: “sí, mi hijo ya me lo había comentado.

Aunque lo que él me dijo era que te estabas poniendo bien buena”. Yo me sonrojé por un momento y solamente atiné a reírme y decirle: “Ay suegro, creo que su hijo le exageró”. Él se rió conmigo. Después se levantó y me dijo que había que ayudar a mi marido con los raspados. Yo me levanté y me sacudí la cal que había impregnado el área del trasero de mi pantalón. Mi suegro observaba atentamente la operación y me dijo:

- Pero si es cierto lo que me dijo mi hijo: te estás poniendo bien buena - y acto seguido, me dio una nalgada.

Yo me sorprendí, no tanto por la nalgada, sino porque sentí que me había gustado. No pude evitar sonreírle y él lo hizo a su vez. Luego, empezó a caminar como si nada y yo me quedé un poco confundida. Llegué a pensar que todo había sido algo así como una broma o accidente, aunque pronto descubriría que no.

Nos pusimos a caminar nuevamente mientras nos comíamos los raspados. Mi marido iba despacio, como si le dolieran los pies. Mi suegro sugirió que compráramos unas sandalias en una tienda cercana y así lo hicimos, pero eso no le ayudó mucho. Yo me empecé a preocupar un poco, pero mi suegro empezó a contar chistes y esta vez hasta mi marido se rió. En una de ésas, mi suegro me abrazó y a mi marido, diciéndonos que nos quería mucho y le dio un beso en la mejilla a él, y luego me besó a mí, pero en la boca. Yo me sorprendí mucho otra vez.

Me sorprendí de que mi marido no se diera cuenta de lo que hacía su padre, pero ambos reían, y yo tenía que reconocer que aquel beso me había gustado e incluso excitado. Caí en cuenta de que nada de eso era casualidad, mi suegro me mandaba señales muy claras. Y sobre todo cuando mi marido, ya muy cansado, dijo que deseaba irse a casa. Y aunque protesté débilmente, estaba dispuesta a hacerlo por él. Pero mi suegro nos propuso otra cosa.

- Parece que Doris todavía tiene ganas de pasear, hijo. Si quieren, yo la paseo y la voy a dejar a su casa en la noche.

Mi marido volteó a verme y le dijo a mi suegro.

- Sí, vayan si ella quiere. La verdad es que yo ya no aguanto mis pies.

Yo vacilé un momento. La verdad, me daba un poco de temor quedarme con mi suegro a la vista de todo lo que había pasado en ese rato. Pero otra parte de mí, muy resentida todavía con mi marido y deseosa de pasear, me impulsaba con más fuerza.

- Bueno, mi vida -dije al fin-. Si quieres vete a descansar y yo te alcanzo en la noche.
Mi marido dijo que estaba bien, me dio un beso y se despidió de su padre antes de irse en un taxi.

Así fue que me quedé sola con mi suegro. Creo que en el fondo yo esperaba que se me lanzara enseguida. Pero él, hombre paciente y experimentado, no se apresuró. En ese momento tan sólo me dijo: - Bueno, ¿a dónde te gustaría ir, Doris? Como estábamos muy cerca de la zona del zócalo de la ciudad, le dije que tenía ganas de ir por allí y ver los bailes regionales, si los había. A mi suegro se le iluminaron los ojos y me dijo: - Precisamente hoy se pone un grupo muy bueno que toca diversos ritmos. Vamos.

Y fuimos. Y el grupo de verdad era tan bueno que atrajo gran cantidad de gente. Muchos bailaban. Al oír algunas piezas, empecé a moverme inconscientemente al ritmo de la música. Él me propuso que bailáramos, y enseguida le respondí que sí. Me tomó de la cintura y comenzamos a bailar. Mientras bailábamos mi suegro, hábilmente, me frotaba contra su entrepierna o a veces, como al descuido, dejaba que sus manos tocaran mis caderas y mis nalgas. En un momento en que dimos una vuelta, yo quedé de espaldas a él y me apretó, con lo que mis nalgas tocaron su entrepierna, en la cual ya comenzaba a erectarse su pene. Di un respingo de sorpresa, pero también de placer. Sentir su verga endurecida y con las ganas que traía ya desde hacía rato me empezó a excitar demasiado. Tanto, que yo misma advertí que tenía la concha mojada.

Él sólo me sonrió, comportándose como si nada. Tan sólo me dijo: Te noto un poco acalorada. ¿Te gustaría tomar una nieve por la plaza? Yo le respondí que sí, tratando de que mi voz no trasluciera mi excitación. Porque aún en ese momento no estaba nada segura de querer “ponerle los cuernos” a mi marido con su propio padre. Aunque no pasaría mucho rato antes de que perdiera esos escrúpulos.
Justo antes de arrancar el auto, noté que nuevamente mi suegro se quedaba viendo mis piernas, y esta vez comentó: - Doris, tienes unas hermosas piernas.

Otra vez, no supe bien qué decirle y me limité a sonreír. Durante el trayecto esperaba con cierto nerviosismo que intentara algo más, pero no lo hizo. Realmente, creo que para esos momentos con su forma de seducir y comportarse ya se había ganado mi confianza.

Ya en la plaza y con nuestras nieves, mi suegro me llevó a un lugar un poco apartado para sentarnos. Y me empezó a preguntar cómo me iba con mi marido. Conversamos un rato sobre eso y le describí a grandes rasgos mi relación. Sin que me diera cuenta, él se había acercado a mí cada vez más, poco a poco, y en un momento en que tocábamos el tema del sexo, puso una mano sobre una de mis piernas y me dijo: - Mi hijo debe estar contento de poder hacer el amor contigo. Eres muy hermosa. Mira qué piernas tan deliciosas tienes.

Y comenzó a acariciarlas. Yo tuve el impulso repentino de cachetearlo, pero al mismo tiempo estaba tan excitada… me quedé un momento sin saber qué hacer, y él continuó diciéndome sin dejar de acariciarme: - Y tus caderas también lo son… y tus pechos, y tu boquita…

Y al mencionar cada cosa me la iba tocando levemente, acercándose más y más a mí. Cuando mencionó mi boca me acercó la suya hasta tocar sus labios con los míos, y me besó.

Fue un beso suave, tierno, sin tensión ni forcejeo. Conocía bien esa manera de besar: era igual a la de mi marido, quien desde nuestra primera cita me conquistó con sus besos. Mi excitación, mi enojo con mi marido y esa manera de besar y seducir fueron demasiado para mí. Correspondí a su beso y no tardamos en pasar a besos y caricias más apasionadas. Yo me sentía súper húmeda y sentí su poderosa erección contra mi vientre, Al notar mi gran excitación él me dijo por fin: - ¿Quisieras ir un rato a un lugar más apartado? Por supuesto, le dije que sí. Mis instintos se habían desatado y mis escrúpulos se paliaron con la molestia que sentía contra mi marido.

Rápidamente nos fuimos a su automóvil y de ahí a un discreto motel. En el breve trayecto me iba masajeando las piernas y la panochita mientras yo me derretía. Nos registramos en una habitación y, tan pronto como cerramos la puerta, comenzamos a besarnos con pasión. Sus grandes manos masajearon mis nalgas y pronto me quitó mi blusita mientras sus labios cubrían de besos mi cuello, mis hombros y el nacimiento de mis pechos. No tardó en desabrochar mi brassiere, con lo que mis grandes senos quedaron al aire. Mi suegro se apoderó de ellos y comenzó a besarlos y chuparlos de manera exquisita mientras yo gemía de placer y excitación. Estuvo chupando y mordiendo mis pezones durante un rato mientras yo sentía que mi concha se derretía, y su bigote no rasurado me rozaba constantemente incrementando las deliciosas sensaciones en mis pezones.

-Qué tetas tan grandes y deliciosas tienes, Doris. Me encantan - me decía mi suegro, al tiempo que las apretaba.

Después de que se apartó, yo tomé inmediatamente la iniciativa y comencé a desvestirlo. Le quité su camisa y camiseta, besando las partes que iba dejando al descubierto. Me arrodillé para quitarle el cinturón y el pantalón y liberar la poderosa verga que pugnaba por salir de su encierro. Le quité la trusa y la verga saltó como un resorte. La contemplé admirada: era unos 7 cms más grande que la de mi marido, y no pude evitar tomarla inmediatamente en mi mano y apretarla con firmeza.

- ¡Qué grande! -dije con admiración. Jamás había visto una de ese tamaño, y la verdad es que me derretía con la sola idea de tenerla dentro de mi boca y mi vagina. - Disfrútala, preciosa -dijo él, y yo no necesité mayores incentivos.

Inmediatamente cubrí de besos la deliciosa cabeza y el poderoso tallo surcado de venas, disfrutando de su sabor y deliciosa textura. Después la atrapé entre mis labios, succionando suavemente. Bajé lentamente y comencé a mamarla desde un poco más de la mitad hasta a la punta, paladeando cada centímetro, tratando cada vez de meterme más de esa deliciosa tranca a la boca y arrancándole a mi suegro suspiros de placer. Estuve mamando un buen rato. Mi suegro puso su mano sobre mi cabeza y yo incrementé la velocidad. Estaba súper excitada y me dieron ganas de probar la leche. Desde que mi marido me la había dado por primera vez me ha gustado, y quería comerme entera la leche de esa verga tan grande y dura. Mi suegro se dio cuenta y me dijo entrecortadamente: - ¿Quieres que te dé la lechita en tu boca? - Mmhhmm -asentí, sin dejar de mamar - Entonces prepárate, preciosa, que te voy a dar leche bien caliente y espesa.

Entonces incrementé la velocidad, y mi suegro comenzó a gemir y suspirar. Me saqué la verga de la boca y la abrí al máximo mientras lo masturbaba. No tardó en caer la primera gota sobre mi lengua y luego chorros enteros inundaron mi boca. Comencé a tragármelos lo más rápido que pude mientras él gemía y gritaba de placer. Su sabor era algo salado, pero delicioso. Me lo comí todo, y cuando terminé, metí de nuevo la cabeza de la verga en mi boca para limpiarla bien. Mi suegro me levantó cuando terminé y, sin importarle que yo tuviera todavía un poco de semen en los labios, me dio un beso profundo y delicioso.

- Chupas de maravilla, Dorita. Ahora me toca a mí.

Me tendió sobre la cama y se apoderó nuevamente de mis senos. Las chupó con avidez, pero sólo unos momentos. Luego bajó poco a poco hasta llegar a mi panocha (concha). Me abrió las piernas mientras me sonreía y acto seguido empezó a acariciar mis labios vaginales con su lengua. Yo gemí al sentir el delicioso contacto, y seguí gimiendo mientras recibía una de las más deliciosas comidas de concha que me hayan dado.

La lengua de mi suegro hacía maravillas con mis labios y mi clítoris, mientras yo gemía y pellizcaba mis pezones sintiendo cómo las oleadas de placer recorrían mi cuerpo. A momentos me introducía la lengua casi completa en la vagina y yo levantaba mis caderas buscando que la metiera más y más. Mi suegro se dio cuenta y empezó a mover su lengua en mi clítoris cada vez más rápido, así que no tardé mucho en venirme abundantemente entre profundos alaridos de placer.

El orgasmo me relajó un poco, pero yo tenía ganas de más. Quería su poderosa verga dentro de mi rajita. Mi suegro se dio cuenta de esto y, sonriendo, se levantó y se colocó sobre mí. Empezó dándome deliciosos besos en la boca, bajando por mi cuello y apoderándose de mis senos y haciéndome suspirar con cada mordida y chupada que me daba.

- ¿Quieres que te la meta, preciosa? mientras me frotaba su verga en las piernas. -Siiii, siiiiiiiiiiiii… métemela, por favor.

Él no necesitó mayores incentivos. Acomodándose tomó su deliciosa verga y la frotó por los labios de mi conchita. Yo me estremecí al sentir su dureza y temblé de emoción ante la perspectiva de verme ensartada por su enorme salchichón. No me hizo esperar mucho, y como ya estaba bien mojada, empezó a meterme la verga muy poco a poco. Yo nunca había sentido una de ese tamaño. Cada centímetro era un viaje de ida y vuelta al paraíso. Ya llevaba metido un buen tramo, cuando en un momento de excitación lo atraje hacia mí y el resto de su verga me penetró de un solo golpe. Yo di un grito de sorpresa, excitación y un poco de dolor.

Mi suegro se dio cuenta y dejó su verga quieta durante unos momentos para que me acostumbrara a su tamaño. Cuando vio que me relajaba, comenzó a bombear. Despacio al principio. Pero luego cada vez con más fuerza. Yo sentí que mi vagina se abría como nunca antes. De tanto placer que sentía gemía y gritaba cada vez más fuerte. Mi suegro alternaba esas deliciosas embestidas rápidas con unas más lentas y profundas.

Y mi suegro también disfrutaba, pues jadeaba cada vez más fuerte y me bombeaba tan rápido que sentía una explosión de placer continua. Mis uñas se clavaron en su espalda y mis caderas subían al encuentro de las deliciosas penetraciones.

- ¿Te… gu…sta, Do…rita? ¿Estás dis…fru…tando? - me dijo mi suegro entre jadeos. - ¡Ay… ay… ¡Sí, sssssiiiiiiiiiiiii! ¡Más, más! - respondía yo. Estaba completamente fuera de mí.

Al ver que me venía, mi suegro aceleró aún más el ritmo de la cogida. Yo no pude soportar más. Me abandoné a la dicha de un orgasmo muy intenso.

Quedé tan aletargada que por unos segundos sólo pude jadear y tratar de recuperar el aliento. Mi suegro se quedó estático, jadeante, con su verga empalándome firmemente. Cuando los dos nos recuperamos un poco me preguntó: - ¿Disfrutaste, Dorita? ¿Te gustó la cogida? Yo todavía no podía hablar, así que, con los ojos cerrados, me limité a sonreír y asentir con mi cabeza.

- Dorita, como no tenemos protección, ¿Me dejarás venirme en tus tetas y tu pancita? Yo volví a asentir. En realidad no había mucho peligro, pues había terminado de reglar hacía sólo cuatro días. Pero siempre me ha gustado recibir el semen en mi cuerpo, sobre todo en los senos, el cuello y el culito. En la cara me gusta menos, pero también lo disfruto, aunque prefiero recibirlo en mi boca para beberlo. Mi suegro comenzó a moverse de nuevo y pronto me sacudió el letargo, pues comenzó a moverse rápido, haciéndome sentir un placer inmenso. Tomó mis piernas y pegó mis pies a su pecho, lo cual hizo que me penetrara todavía más profundamente, tanto que creí desmayarme de placer. Era como si estuviera sentada sobre su verga.

Sentí que me volvería a venir. Mi suegro se dio cuenta y aceleró todavía más. Volví a venirme, un poco menos intensamente que la primera vez, y entonces mi suegro se saló de mí y comenzó a disparar chorros de leche sobre mis senos y mi vientre. Fue una eyaculación no tan abundante como la que me había comido hacía un ratito, pero sentí cada gota que caía sobre mí. No lo disfruté tanto por que estaba demasiado aletargada, pero me gustó la sensación del semen caliente resbalando por mi piel.

Mi suegro se acostó a mi lado, Yo esperaba que él frotara su semen por mis senos como lo hacía mi marido, pero no lo hizo. Cuando él vio que yo comenzaba a hacerlo, me detuvo.

- Déjatelo así, Dorita. Vamos a dormir un rato y vas a ver qué bonito se ve cuando se seque.

Tenía la vaga idea de que aún no era de noche, pero aún así me preocupaba el hecho de llegar tarde a casa. De todos modos, estaba tan somnolienta que no puse reparos. Antes de dormirme, sentí que mi suegro me daba un beso al que correspondí débilmente y luego me quedé dormida.

Desperté al sentir una sensación familiar en mis pezones, como si unos labios y dientes se hubieran apoderado de ellos. Por un momento pensé que era mi marido, pero inmediatamente recordé que estaba con mi suegro. Cuando abrí los ojos, él estaba lamiendo y mordiendo una vez más mis pezones, produciéndome olas de placer que llegaban y calentaban mi conchita. MI suegro me vio abrir los ojos y me sonrió diciendo: - Mira como se ven tus senos y tu pancita cubiertos por mi lechita, Doris.

Me ayudó a incorporarme y me vi en el espejo. La verdad es que era un cuadro muy caliente. Mis senos y mi vientre se veían brillantes, con las gotitas de semen esparcidas todavía. Me calenté muchísimo, y volvimos a besarnos apasionadamente. De nuevo mi suegro se puso sobre mí y mamó mis tetas al tiempo que mi concha húmeda y caliente volvía a recibir su vergota. Esta vez no la sentí tan dura, pero era comprensible después de la mamada y el tremendo palo de un rato antes. Aún así me dio muchísimo placer, y empecé a jadear y subir mis caderas rítmicamente al encuentro de su verga que taladraba mi vagina. Me tomó una pierna, la subió sobre su hombro y me la metió con más fuerza aún.

Esa posición siempre me ha hecho ver estrellas porque siento la penetración muy profunda, y con el tamaño de ese delicioso palo sentía que me llegaba hasta el estómago. Empecé a gritar cada vez más fuerte, cerrando los ojos para concentrarme en la sensación. Me sentía tan excitada que me di cuenta que me vendría muy pronto.

- ¡Sí, si, ¡Qué rico… ¡Me voy a venir! ¡Me voy a veniiirr! Grité, y mi suegro soltó mi pierna y me empezó a dar más rápido y yo me vine por tercera ocasión. Entonces, él aminoró el ritmo, esperando a que me recuperara. Yo no podía, así de saciada y satisfecha me sentía. Cuando al fin me recuperé un poco, mi suegro me dijo: - ¿Me dejas venirme en tu boca, preciosa? - Sssiii, dámelo. Quiero beberlo -contesté entusiasmada.

Me dio todavía unas embestidas más y después me la sacó, se incorporó en la cama y empezó a masturbarse. Yo abrí mi boca, lista para recibir la lechita caliente y espesa, y en unos segundos sentí otra vez unas gotas de semen en mi lengua y su delicioso sabor salino. Esperaba recibirla toda en mi boca, pero esta vez me dio el resto en mis mejillas, en mi frente y sobre mi nariz.

- Mira que bonita te ves con la lechita en tu cara -me dijo.

Me incorporé para verme en el espejo. Era en verdad estimulante ver mi cara cubierta de leche. La eyaculación no había sido muy abundante, pero sí lo suficiente como para dar un espectáculo muy excitante.

Nos levantamos para irnos directamente al baño. Nos bañamos juntos, lavando muy bien nuestros cuerpos y jugando con el jabón. Ahí mi suegro me dio otra chupada de senos y yo le tomé su verga, haciéndole una lenta masturbación. Tal vez si lo hubiera estimulado con mi boca hubiera hecho que se parara nuevamente. Pero ya era tarde, y ambos sabíamos que debíamos regresar. Nos arreglamos rápidamente y salimos del discreto lugar.

En el trayecto de regreso yo iba adormilada. El placer, las emociones del día y los tres orgasmos me habían dado mucho sueño. Cuando estaba a punto de cerrar los ojos sentí la mano de mi suegro en mis piernas. Aprovechó un alto para voltear a verme y sonreírme.

- ¿Cómo te sientes, Dorita? Ambos sabíamos perfectamente a qué se refería. Yo le sonreí forzadamente y le dije: - Mejor de lo que pudiera suponer… Estoy segura de que mi marido me engaña.

- Ummm… -susurró, soltando mi pierna. Se quedó pensativo y silencioso un largo rato. Se diría que estaba enojado. Yo me sorprendí un poco, pero estaba demasiado cansada como para preguntar el motivo. Sólo cuando ya estábamos cerca de mi casa volvimos a platicar, esta vez de cosas intrascendentes. Cuando llegamos, me acerqué a mi suegro y le di un beso en la mejilla. Ninguno buscó los labios del otro. Cuando me despedí y estaba a punto de bajarme, me dirigió una sonrisa pícara y me preguntó: - ¿Nos encontraremos otro día?Yo le sonreí a mi vez y me bajé del coche. Sabía que volveríamos a hacerlo, y no sería precisamente para platicar. Cerré la puerta y le dije sonriendo a mi vez: - Usted tiene el número de mi celular, suegro.

Entré a mi casa, pero antes de entrar a mi cuarto con mi marido pasé al baño a prepararme para dormir. Mi esposo dormía profundamente, y aunque tiene el sueño muy ligero, no sintió cuando me acosté a su lado. Yo apagué la lámpara de noche y me dormí de inmediato.

A la mañana siguiente me despertó la sensación de una dura verga que se frotaba insistentemente contra mis nalgas. Unas manos se apoderaron de mis senos y una lengua traviesa recorría mis orejas y mi cuello. Yo me volví hacia mi marido y lo abracé. El descanso nocturno le había devuelto su magnífica potencia. Tanto, que me cogió dos veces seguidas sin salirse más que para cambiar de posición. Mi boca y mi conchita recibieron una súper dosis de leche y me vine cinco veces en ese rato.

La verdad, nadie conoce mi cuerpo como mi marido y nadie me ha amado con tanta pasión. Me pidió perdón por todo lo que había pasado el día anterior y yo le conté que había entrado al cine con su papá. Después me hizo el amor una vez más, volví a recibir su cálida leche en mis entrañas y, aprovechando que era fin de semana, nos dormimos casi cuatro horas más.

Y por supuesto, sentí remordimientos de conciencia por la aventura con mi suegro. Pero no me duraron mucho. Esa misma noche me confirmaron que mi esposo me había sido infiel, y en menos de dos días lo confirmé yo misma. Lo que jamás hubiera podido imaginarme es con quién me fue infiel. Pero eso y otras aventuras que he tenido desde entonces con mi suegro se los contaré después, si es que este relato tiene buena acogida.

Entradas Relacionadas

Comentarios

Got something to say?





Bottom